A Celebration of Courage 2012: Premio Felipa de Souza

La jueza Karen Atala, después de ocho años de una dura batalla legal contra el Estado chileno, ganó el primer caso histórico frente a la Corte Interamericana de Derechos Humanos que otorgó protección a individuos contra la discriminación basada en orientación sexual y/o identidad de género. Este fallo representa una victoria para la jueza Atala y lxs chilenxs LGBT, así como para todas las personas LGBT a lo largo del continente americano. Suzanne Goldberg, quien participó como abogada en el fallo histórico Lawrence v. Texas, es profesora en derecho de la Universidad de Columbia, y activista en derechos sexuales y de género, presentará el distinguido Premio Felipa De Souza a la jueza Karen Atala.
Photo: Kena Lorenzini.

Discurso de la jueza Karen Atala

Es un Honor recibir este premio que me ha otorgado la Comisión Internacional por los Derechos Humanos para Gays y Lesbianas, IGLHRC.

Soy una mujer chilena, descendiente de palestinos, abogada de profesión, jueza de oficio, madre y lesbiana. Estas son algunas de mis características que me definen y sólo una de ellas bastó para que en el año 2004 una sentencia de la Excelentísima Corte Suprema de mi país me privara de la tuición de mis hijas, por estimar que, junto a mi pareja mujer, constituíamos un modelo familiar excepcional, carente de valoración en la sociedad chilena que, según el fallo, es tradicional y heterosexual, y por esa circunstancia mis hijas se verían expuestas a estigmatización y, aún más, a no ser valoradas socialmente.

En mi condición de jueza, jamás dudé de las instituciones, del imperio del derecho y de su carácter técnico. Asimismo, jamás se me pasó por la mente mentir sobre mi relación de pareja lésbica, disfrazándola de “amistad”. La verdad prima ante todo y esa es la medida que guía mi trabajo, por ello no negué mi condición en el juicio de tuición que enfrentaba. Sin embargo, esa verdad no era políticamente correcta en ese entonces.

Así, vi mi familia desarticularse, apartando a mis niñas de 3, 4 y 8 años de mi seno. Vi a mi hijo desconsolado por la pérdida de sus hermanas.

Si tuviera que definir una palabra para expresar ese golpe doloroso en mi vida, diría que quedé estupefacta.

Estupefacta al ver mi concepción de justicia hacerse añicos, evocando la figura de un espejo que se rompe y saltando los pedazos de vidrio sobre mí y mi familia.

Sentí una profunda culpa personal, familiar y social.

Lo social referido hacia las otras mujeres, madres y lesbianas chilenas. Este fallo del máximo tribunal constituía una perniciosa jurisprudencia que se amparaba en el prejuicio y en la discriminación hacia todas las personas que no formábamos una familia tradicional, heterosexual y validada socialmente. Nuestras expresiones de afectos eran relegadas al oscurantismo, y ocultándose, como en palabras de Oscar Wilde, aquel amor que no osa decir su nombre. A la par que se instalaba el miedo hacia las otras lesbianas; “si esto le pasó a una jueza de la República, ¿qué se puede esperar de nosotras?”.

Sentí la imperiosa necesidad de revertir tamaña injusticia, quitarnos el miedo y la única alternativa posible, para una mujer de derecho era recurrir ante los tribunales internacionales de Derechos Humanos.

El derecho es un instrumento para lograr que las personas tengan una convivencia social armónica. La paz social no puede sustentarse en los prejuicios, sean estos religiosos, morales, atávicos, etc., pues desconocen e ignoran las múltiples expresiones de la afectividad y sexualidad humanas entre personas adultas del mismo sexo o género, asimismo, de sus familias constituidas y les desconocen su ética al cuidado mutuo.

Luego surgió la conmoción, y eso me develó algo que no me gustó; constatar que en Chile, la autoridad estatal estima que una familia constituida por dos mujeres como pareja sexual no es una familia y hace de la madre una interdicta en la crianza y educación de sus hijos, asimilándola en su maldad a una drogadicta irreversible o una maltratadora que pone en riesgo la salud y vida de sus hijos.

Conmoción al ver que la Ley cuando nos dice que todos somos iguales y que la familia es la base fundamental de la sociedad, ello se interpretará según la ideología que se estima válida para el Estado, ajeno a la realidad social empírica.

Luego di paso a la acción. Hube de estudiar filosofía del Género para entender la naturaleza del golpe recibido y comprender los alcances extrajurídicos que motivaron esa sentencia y lo que significa carecer de un  lugar en la sociedad machista y patriarcal, mas no democrática.

Se precisaba abrir la interpretación filosófica y jurídica de la heteronorma imperante en Chile sobre la familia.

Por otra parte, se hizo necesario articular un equipo jurídico que aceptara hacer la denuncia internacional y tramitarla; coordinar a múltiples actores, tanto del mundo de los Derechos civiles, como de los colectivos de las personas lesbianas, gays, transexuales, intersexuales y derechos de la mujer, para que colaboraran con sus Amicus Curiae ante las instancias internacionales.

La acción es sí fue paradigmática: Una jueza, clamando por justicia. Y, enfrentándose a su superior jerárquico, utilizando los instrumentos y mecanismos internacionales, hecho inédito en mi país.

Lograr trabajar desde la trinchera del activismo –mundo desconocido para mí hasta ese momento– no fue tarea fácil, en la medida de los escasos recursos económicos, pero superados con la voluntad de dar contención y visibilización a muchas madres lesbianas, a través de la Agrupación Las Otras Familias, cuyo objetivo fue cumplido con creces al lograr visibilizar a nuestras familias diversas, en una sociedad tan homogénea como la chilena.

Convivir en un solo cuerpo la mujer, lesbiana, madre y jueza no ha sido tarea fácil. El desgaste propio pasó su cuenta en la salud emocional, en la pareja, con los hijos y en la Agrupación que hubo que disolverla. Los llantos, las depresiones, las terapias, el temor al rechazo de mis hijas por mi orientación sexual, constituyen a estas alturas parte de la historia. Todo esto me hizo madurar como madre y replantearme el rol, lo que me permite mostrarme hoy de frente a mis hijos. El mejor remedio y aliciente fue la esperanza y la confianza.

La reciente condena al Estado chileno, por parte de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, constituye sin duda una cura, la de mi familia y la de miles de madres lesbianas y padres gays tanto en Chile, como en América Latina y el Caribe. Se ha sentado un gran precedente que sin lugar a dudas inspirará a las jurisprudencias internas. Se trata de un hecho histórico, pues es el primer caso que llega al Sistema Interamericano referido a derechos de las personas de la diversidad sexual, teniendo como Norte la interpretación progresiva de los Derechos Humanos.

En Chile, por su historia reciente, consta que hubo violaciones a los derechos humanos de la vida y de la libertad. Con el retorno a la democracia se ha trabajado en dichas reparaciones por parte de los Poderes del Estado. Sin embargo, el derecho a la igualdad, sobre todo con las personas de orientación sexual diversa y expresión de género diverso, se está en deuda, existiendo un reclamo enérgico por parte de distintas agrupaciones del mundo LGTB nacional, ante hechos de violencia suscitados en los últimos tiempos.

En efecto, hechos de profunda violencia homofóbica que hacen noticia para luego caer en el olvido, y sólo en este último año puedo mencionar la agresión a la transexual Sandy Iturra, que la dejó en coma por semanas, y la golpiza que provocó la muerte del joven gay Daniel Zamudio. Hace escasos meses se aprobó una ley antidiscriminatoria en Chile, luego de 8 años de tramitación parlamentaria, que si bien menciona que no se podrá discriminar en base a la orientación sexual e identidad de género, constituye sin embargo una ley tímida, carente de acciones afirmativas en contra de la discriminación y que no satisface las demandas de la mayoría de la comunidad LGTB chilena.

La sentencia condenatoria al Estado de Chile impone, entre otras, la obligación de capacitar a todos los agentes del Estado, especialmente al Poder Judicial en materias de género. Este es sin duda el gran legado de esta Causa a las futuras generaciones de chilenxs, educar para erradicar el machismo y la homofobia. Enseñar a respetar al Otro diverso en su dignidad de persona.

La sentencia impone también como medida de reparación, un acto público de reconocimiento de responsabilidad internacional por parte de Estado. Mis hijas y yo por una parte, mi hijo y mi familia por la otra, esperamos esas disculpas públicas por habernos discriminado.

Quiero agradecer a Emma de Ramón por su apoyo en esos años, a mis abogados que tomaron el desafío de llevar adelante esta causa ante el Sistema Interamericano de Justicia, colaborando desde el debate, tramitación y pormenores de un juicio de esta naturaleza, durante los casi 9 años y los que seguirán hasta lograr el cumplimiento efectivo de la sentencia.

Agradezco a las Instituciones patrocinadoras del juicio internacional: Libertades Públicas Asociación Gremial de abogados,  Centro de Derechos Humanos de la Universidad Diego Portales y Corporación Humanas de Chile.

Agradezco a todas las organizaciones de derechos civiles, del activismo LGTBI, de mujeres y a muchas personas naturales que de manera desinteresada colaboraron con sus Amicus Curiae ante la Comisión Interamericana y Corte Interamericana de Justicia, apoyando mi demanda.

Agradezco a todas aquellas personas que me dieron sus palabras y gestos de solidaridad expresados de múltiples maneras, alentándome a seguir adelante.

Quiero hacer extensivo este premio Felipa de Souza, a todas las familias diversas de nuestra América latina compuestas por lesbianas, gays y transexuales, que dan la lucha día a día por su espacio de reconocimiento y dignidad. Y para que nunca más, a una madre lesbiana, padre gay o transexual les quiten sus hijos por esta sola circunstancia.

Finalmente, dedico este Premio a mi hijo Sergio y a mis tres hijas. Nuestros hijos son la promesa de hacer una sociedad más digna y decente.

Muchas gracias,

Karen Atala