Presentación del Libro Carlos Jáuregui, Una Biografía Política

El miércoles 10 de noviembre a las 19 hs se presenta Carlos Jáuregui, una biografía política de Mabel Bellucci, Editorial Emecé-Planeta. El evento tendrá lugar en la Casa de la Lectura, Lavalleja 924, ciudad de Buenos Aires.

Integran la mesa Flavio Rapisardi, docente de la UBA y de la UNLa Plata; Carlos Figari, docente de la UNCatamarca e investigador del Conicet; Marcelo Ferreyra, representante de la Comisión Internacional de Derechos Humanos para Gays y Lesbianas-IGLHRC; María Rachid, coordinadora del Programa Nacional de Diversidad Sexual del INADI y Keny De Michelis, fundadora de Travestis Unidas y miembro de la ILGA.

http://www.editorialplaneta.com.ar/descripcion_libro/7026

Arquitecto Marcelo Ernesto Ferreyra, Coordinador del Programa para América Latina y el Caribe en IGLHRC – Comision Internacional de los Derechos Humanos para Gays y Lesbianas.

Este libro recorre el itinerario activista y político de Carlos Jáuregui. Aún siguen vivos sus recuerdos y sus luchas. Sin embargo, es necesario profundizar su larga trayectoria como militante desde sus primeras intervenciones en los organismos de Derechos Humanos hasta la formación del movimiento GLT, en Argentina. Su vida se ensambló en la textura misma de los dilemas y desventuras de esa etapa de la post-dictadura a la instauración del neoliberalismo a lo largo de los años noventa. Yo por haber formado parte de su círculo íntimo, fui testigo de su voluntad transformadora como así también un protagonista de la historia que nos relata Carlos Jáuregui. Una vida de militancia gay (título aproximado). Más exactamente este libro es una biografía de nuestra sociedad a partir de las reivindicaciones y las luchas de las llamadas “minorías sexuales”. De allí que daré mi testimonio.

Ingresé a la Comunidad Homosexual Argentina (CHA) en 1987 con mi homosexualidad flamantemente asumida, con deseos de legitimidad y de sexo. Una de las primeras actividades públicas de las que participé fue una charla sobre SIDA que tuvo lugar, en septiembre de ese mismo año, en el auditorio del Sindicato de Sanidad. En la puerta de la sala, entre toda la gente que esperaba para ingresar, mi mirada - que escrutinaba sobre todo al público masculino- se centró sobre dos hombres que, aunque yo no pudiera ni imaginarlo en ese momento, iban a tener una influencia fundamental en el desarrollo de mi vida, tanto privada como pública. El primero, alto moreno, atractivo, con nariz de pájaro (como le gustaba citar a Carlos evocando las descripciones de Proust), elegante, con un impermeable gris, era César Cigliutti, que iba a ser mi pareja y compañero de activismo por los próximos diez años. El otro era Carlos, con su ala sedosa de pelo rubio, (como la de un príncipe de cuento, pensé en ese momento), un saco sport marrón y grandes anteojos a la moda.

Carlos Jáuregui fue uno de los motores clave para el desarrollo de la identidad gay en la Argentina en diferentes tiempos y contextos. A su alrededor fueron gravitando poetas, taxi boys, profesores universitarios, maricas, periodistas, travestis, feministas, personajes que terminaban conociéndose entre sí gracias a su presencia, como muchos otros se conectarían gracias a su ausencia. Encarnó en su vida personal y pública una forma original de relacionar lo marginal y lo establecido, marcando profundamente el desarrollo y las estrategias del movimiento G.L.T.T.B. (Gay; Lesbianas; Travestis; Transgéneros y Bisexuales) en nuestro país.

Cuando en 1984 la recién fundada CHA retomó la ofensiva para instalar el tema de la homosexualidad en la sociedad, consideró necesaria una cara pública. El candidato debía ser alguien con una visibilidad para la que no existieran obstáculos familiares o laborales y también debía tener una imagen acorde a los cánones de la sociedad clasista frente a la cual él iba a representar a la comunidad. Carlos Jáuregui había llegado de Europa hacía poco tiempo, enfervorizado por sus experiencias políticas; tanto su padre como su madre ya habían muerto y no tenía un compromiso laboral estable. Además era rubio, de aspecto masculino, agradable y, lo que es muy importante, era un profesional de trato educado, afable y desenvuelto.

Ahora que el antiguo ideal de la marica que el “Frente de Liberación Homosexual” (FLH) postulado como el revolucionario perfecto había quedado atrás, Carlos parecía ser el candidato adecuado y contaba además con una valentía y un idealismo muy difíciles de encontrar. A los pocos días de fundada la CHA, hizo su primera aparición pública, identificándose como homosexual en la portada de la revista Siete Días y se convirtió, así en la cara visible de la organización y de la comunidad. Desde entonces, Carlos exhortó a la práctica de una política militante de hacerse visible, para modificar desde el orgullo de la propia diferencia la marginación impuesta desde la cultura hegemónica.

En diciembre de 1987, cuando volví a ver a Carlos, Cesar y yo éramos pareja y trabajábamos juntos en la Comisión de Prensa de la CHA. Por su parte, Jáuregui ya no estaba en la organización a raíz de sus desacuerdos con la comisión directiva. En 1987 la CHA había cambiado su táctica decidiendo concentrar sus esfuerzos en el SIDA que repentinamente apareció como el principal tema del boletín de la organización, Vamos a Andar. A esto le siguió el lanzamiento de la Campaña STOP SIDA con conferencias en centros de salud (donde se relacionaban con médicos, sexólogos y psicólogos) y grandes fiestas a beneficio.

Él era un de los mejores amigos de César, en ese momento su único nexo con la CHA. El tema del activismo flotaba todo el tiempo en las reuniones y conversaciones, cuya mascara frívola no podía ocultar las pasiones, desilusiones, desacuerdos e ideales encontrados. Esas conversaciones y lo que yo veía cotidianamente en la organización fueron alimentando y enriqueciendo mi propia opinión y dando forma a la idea de un activismo con línea propia. En esas reuniones no sólo se hablaba de la CHA, también había chismes y juegos para pasar amenamente la tarde. Ahí Carlos desplegaba su concepción de la vida y se complacía en aguijonear y desafiar lo que los demás daban por sobreentendido, en especial, mi evidente ingenuidad con respecto al amor y al sexo. Nunca olvido la pregunta que me hizo en un juego de “Verdad o Consecuencia“¿En quién pensás cuando hacés el amor con César?”.

Pablo Azcona, pareja de Carlos en ese momento ya estaba enfermo de SIDA desde hacía algún tiempo. Él volcó todas sus energías en el cuidado de su pareja, que murió un año más tarde. En ese momento, sin trabajo y sin dinero, Carlos fue invitado por los padres de Pablo a abandonar el departamento en el que ambos habían vivido; le dieron 24 horas para llevarse lo que considerara suyo. Se enorgullecía de haberse llevado sólo unos libros.

Así comenzó su peregrinación por casas de amigos utilizando la experiencia adquirida con la enfermedad de su pareja para ayudar a otros en la misma situación. En la mayoría de los casos, sin embargo, su medio de vida consistió en ser útil y gratificar la vida de quienes lo hospedaban. Esta situación lo sumió en un espiral depresivo muy fuerte. La consecuencia más visible fue la caída a mechones de su maravilloso pelo rubio. Todos sabíamos que Carlos era HIV positivo y estábamos seguros de que le había tocado su turno. Marta, su terapeuta, le aconsejó que se afeitara la cabeza e intentara tomarse unas vacaciones. Aprovechando la ausencia de mis padres, le ofrecí alojarse en nuestra quinta de Hurlingham, provincia de Buenos Aires. Allí Carlos pudo recuperarse, olvidándose por un verano entero de todo lo vulnerable que era su situación. Por eso nunca dejó de sentir un profundo agradecimiento, que expresó regalándome su campera de aviador de cuero marrón, sentando así los cimientos de una amistad que perduraría incluso después de su muerte. Esta penosa experiencia llevo a Carlos a revisar su concepto del matrimonio y el reconocimiento legal de las parejas. Si bien Carlos nunca estuvo de acuerdo con el matrimonio como institución se vio obligado a reconocer la frágil situación que la carencia de cualquier salvaguarda legal imponía a los miembros de parejas del mismo sexo.

Por esa razón en 1994 trabaja junto con el Dr. José Luís Pizzi en la redacción del un proyecto de Unión Civil que fuera presentado por el Diputado Socialista Héctor Polino. Este proyecto fue considerado en su momento como la primera iniciativa parlamentaria en América Latina que abordaba la unión civil de personas del mismo sexo y que inicio el camino de liderazgo regional del pais que finalmente concluiría en la ley de Matrimonio Igualitario 16 años mas tarde.

Cuando en enero de 1990, César y yo compramos un departamento en la calle Paraná, en pleno centro de Buenos Aires, no me sorprendió que Carlos me pidiera vivir allí por un par de semanas mientras el lugar estaba desocupado y en refacciones. También me pareció natural que las dos semanas se prolongaran indefinidamente. Así lo recordaba durante una entrevista que le hicieron: “Desde mi desvinculación de la CHA vino un tiempo muy duro para mí. Fue un verano de mierda. Mi pareja estaba enferma de SIDA desde 1984 tuvimos un intento de hacer algo parecido a lo que es hoy Gays por los Derechos Civiles (Gays DC) pero no pudimos. Luego murió Pablo. En el ´91 empezamos a hablar con Marcelo Ferreyra y César Vasari , los amigos con los que vivo, sobre la idea de una nueva entidad. El 1º de octubre fundamos Gays DC”

Carlos se pasó dos años tratando de crearse una alternativa laboral, pero su forma de ser no concordaba con las exigencias de un estilo de vida ordenado. Él estaba hecho para otras cosas. Esto quedó todavía más claro una vez fundada “Gays DC”. Su talento y el empeño que dedicó a la organización no se comparaba con el que había empleado en ninguno de sus anteriores proyectos.

A partir de la creación de este colectivo se inició un período completamente nuevo en nuestras vidas. Fue vertiginoso, en el que a cada momento surgía una oportunidad para aprender, crear, sembrar, plasmar y mejorar nuestros ideales. En aquella época, Carlos y yo compartíamos larguísimas horas juntos en casa. Conversábamos y discutíamos a diario sobre la incidencia en los medios y las estrategias frente a la prensa para alejar a la opinión pública de modelos reaccionarios. Ambos éramos conscientes de que ya no era posible trabajar desde una organización sino que era sumamente necesaria la gestación de un movimiento y por esa misma razón también conversábamos sobre posibles acciones conjuntas con otros movimientos sociales. Estas charlas se convertían en verdaderos debates con nuestros amigos y compañeros de activismo durante las “cenas de los viernes” en “Paraná”.

Estas cenas tuvieron su origen en el “grupo de acción crítica” que informalmente, Cesar, yo, Eduardo Antonetti, Marcelo Acosta y varios otros amigos habíamos fundado en la CHA, justamente para “criticar” las acciones y estrategias de la jerarquía de la organización. Luego de nuestras reuniones salíamos a cenar a algún restaurante de los alrededores. Cuando Cesar y yo dejamos la CHA y compramos nuestro departamento, la tradición se conservó, pero la cena entonces tenía lugar en casa. Ahora también podían participar quienes, como nosotros, se habían apartado de la CHA. Como la convocatoria a las mismas era abierta, cualquiera sabía que los viernes podía pasar, tocar el timbre y subir a cenar sin invitación alguna. Con la creación de Gays DC al grupo inicial, también se fueron uniendo nuevos y nuevas compañeras de activismo provenientes de los colectivos de lesbianas, travestis y otros movimientos sociales. Con sus contribuciones, nuestras charlas se enriquecían, crecían, y nuestros ideales se modificaban y depuraban, dando lugar a un modo particular de activismo del que Mabel Bellucci da cuenta muy bien en este libro Carlos Jáuregui. Una vida de militancia gay.

Carlos nunca puso límites a la entrega de su tiempo y de su vida por el deseo de libertad. Desde la restauración democrática, trabajó para construir un movimiento de minorías sexuales capaz de exigir igualdad de derechos dentro de la sociedad. Enfermo de SIDA, su última aspiración y su último acto militante fue presentar un proyecto ante la Asamblea Estatuyente de la Ciudad de Buenos Aires, para que incluyera un apartado condenando expresamente la discriminación por motivos de elección sexual. Elegido por los periodistas como una de las diez personalidades políticas de mayor credibilidad en la Argentina, fue convocado para integrar listas de diputados y constituyentes en diversas alianzas de centroizquierda y socialista.

No nos dimos cuenta en qué medida Carlos era el vértice y catalizador de esa particular forma de activismo hasta que él ya no estuvo. Durante su fugaz convalecencia los y las integrantes del movimiento nos manteníamos unidos y tomábamos turnos para cuidarlo en su lecho de muerte. Fallecido su hermano Roberto, ya no quedaban familiares directos. Entonces sus amigos más cercanos nos hicimos cargo de todo. Durante sus últimos años la mayor parte de sus necesidades personales habían sido solventadas por sus amigos y vecinos. Luego de muerto, su amigo José Luís Delfino, dueño de la discoteca “Contramano”, corrió con los gastos de su funeral y entierro. Gustavo Pecoraro y yo imaginamos el homenaje público por la Avenida de Mayo. Todos y todas creíamos que ese esfuerzo común nos iba a mantener más unidos para seguir adelante en el futuro. Mientras sus restos eran acompañados por numerosos militantes y amigos en una marcha pública por la Avenida de Mayo, siguiendo el recorrido de las Marchas del Orgullo, en la Cámara de Diputados de la Nación se presentaba un proyecto de homenaje póstumo.

En la tarde de 27 de Agosto de 1996, alrededor de veinte activistas argentinos gays, lesbianas, bisexuales y transgénero irrumpimos en la Convención Estatuyente de la Ciudad de Buenos Aires. Portábamos ampliaciones de fotografías de Carlos, que había muerto de SIDA una semana antes. Seguidos por la prensa escrita y la televisión, perseguimos a los miembros de la comisión responsable de escribir la nueva constitución de la ciudad y presionamos a cada uno para que apoyara una cláusula que prohibía la discriminación por orientación sexual, y también por género, edad, raza, religión, e ideología política. Unos pocos días después, el 30 de agosto, la Asamblea aprobó, como homenaje a Carlos y por unanimidad, la cláusula antidiscriminatoria. De allí que Buenos Aires se transformó en la primera ciudad de América Latina que ofrecía esa clase de protección a las personas no heterosexuales.

La tumba de Carlos en el cementerio de la Chacarita apenas estuvo señalada por una cruz de madera con su nombre y su fecha de fallecimiento pintados en letras blancas. Él hubiera querido ser cremado, pero como ningún pariente que pudiera hacerse cargo del trámite lo sobrevivió, fue temporalmente enterrado. Quienes fuimos sus compañeros y compañeras de activismo heredamos lecciones que hasta el día de hoy son sumamente valiosas. A pesar de su pobreza, situación que nunca consideró un inconveniente que le impidiera luchar por lo que creía correcto, ofreció su vida para que otras personas pudieran concebir una mirada nueva en la defensa de quienes amaban a personas de su mismo sexo o expresaban su identidad de género en forma distinta a la que prescriben las normas sociales.

Buenos Aires, abril de 2010

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